En Hebreos 13:6, se nos dice: “De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (ningún ser humano). Además, es nuestro guardador, protector, pastor, sustentador, amparo y refugio, entre otras cosas.
¡Tenemos lo mejor! La palabra lo dice, pero… ¿lo creemos?

En Juan 17:15, Jesús ruega al Padre por nosotros, y le pide que no nos quite del mundo, sino que nos guarde del mal. Por ese motivo, es que en muchos de los Salmos, la Escritura dice que el Señor es Jehová de los Ejércitos, nuestro refugio, el que va delante nuestro para vencer.

En Salmos 27:5, dice: “(…) el nos esconderá en su tabernáculo en el día del mal (…)”. ¿Escondidos en el Señor? ¡Sí! Y lo repite en Colosenses, que hemos muerto y nuestra vida está escondida con Cristo, en Dios. ¡Es maravilloso! Pero… tenemos que morir cada día para que El viva.
El nos guarda como la niña de sus ojos, y nos esconde debajo de sus alas. Son promesas del mismo Dios Todopoderoso. Debemos pararnos firmes y fiados sobre ellas, para que nuestro animo “no se canse hasta desmayar”.

Dios sí cumple lo que ha dicho, en la medida que nosotros le creamos. Si le creemos, viviremos en victoria.

Qué alivio es para un nadador cansado, en medio de las olas, encontrar una roca donde subirse a tomar aliento. Cristo es nuestra roca, donde descansamos y encontramos ese alivio.
Muchas veces, somos como un niño perdido en medio de la multitud, que quisiera llamar a mamá o papá con gritos desgarradores. Nosotros tenemos a nuestro precioso Padre, que siempre nos oye y está pronto a ser nuestro ayudador y refugio. Desechemos todo orgullo y arrogancia de nuestra vida, y acerquémonos confiadamente al que ama nuestras almas.

Clama a El, y te recibirá con los brazos abiertos. Vamos a El, con un corazón de niño, confiado y humilde, y seremos acogidos y consolados.

¿No es acaso eso, lo que estamos buscando?

Pastora Verónica Lilly.